Por
Cecilia García-Huidobro FzK
El género documental ha tenido un impresionante
desarrollo en Chile. Desde el mundo audiovisual
y publicitario empezaron a surgir autores que, sin
grandes pretensiones, fueron documentando nuestra
realidad , llegando a constituir un importante acervo
de imágenes que, en su conjunto, son los
más valiosos registros de nuestra historia
reciente. Se conservan aún muchos rollos
de las primeras películas aficionadas que
se rodaron en ciudades y ceremonias públicas
o privadas. Hoy no podemos dejar de mirarlas con
nostalgia, pero no podemos dejar de valorar también
su impacto gráfico y testimonial.
Con la llegada de la televisión
se profesionalizan los registros, a pesar de que
nunca deja de estar viva la vocación de
particulares que dedican tiempo y energía
a filmar calles, instalaciones eléctricas,
faenas productivas, fiestas nacionales, etc. En
1960, Leopoldo Castedo, colgado de aviones de
la FACH, realiza el ya clásico documental
" La hazaña del Riñihue",
en el que, durante dos meses, sigue todos los
operativos de salvataje de la ciudad de Valdivia,
sumida en las ruinas en que la dejó el
terremoto y maremoto de ese mismo año.
A las impresionantes imágenes se agrega
un texto de profundo calibre humanista, matizado
por música contemporánea de enorme
vigor creativo. Se despliega, así, la inconmesurable
posibilidad del género de elevarse a la
categoría de obra de arte y de valerse
de todas las artes y disciplinas de manera transversal.
Diez años después,
Patricio Guzmán utiliza al documental como
instrumento de registro histórico y como
vehículo de cambio de la sociedad. Le añade
la intención autoral que se palpa y percibe,
a través de cómo muestra al gobierno
de la Unidad Popular. Sin lugar a dudas, el documental
pasa a ser un género muy dúctil
en el vuelo creativo y abre un universo de posibilidades,
al mundo de las imágenes en movimiento.
Durante mediados de los setenta
y ochenta, con toda la escasez de recursos y medios
de difusión, se trabajó intensamente
en comunidades y grupos de personas, privilegiándose
la dimensión viva. Recuerdo muy especialmente,
y agradezco, que el trabajo de Alicia Vega, con
niños de poblaciones haya quedado plasmado
en esa bellísima obra: "Cien niños
esperando un tren", de Ignacio Agüero
que refleja muy bien el espíritu que movió
a nuestros artistas, en esos años.
Desde los noventa, vivimos
un refrescante boom que muestra a esta corriente
subterránea de afirmación de nuestra
identidad. Sin ponerse de acuerdo, la temática
gira en torno a la puesta en valor de distintos
aspectos que nos definen y delinean: el perfil
de nuestros artistas más señalados,
una minga en Chiloé, la decadencia de una
estrella del boxeo, los impactos humanos de la
depredación urbana, los simpatizantes de
Pinochet en Londres, la vida en Juan Fernández,
etc Esta tendencia tiene su cara más visible
en la difusión televisiva de los trabajos
"La tierra en que vivimos" y "
Al sur del mundo". La serie de los inmigrantes
de Cristián Leighton tuvo un impacto inesperado
en los genios del rating que no esperaron tanto
interés de la gente en reconocerse en otros
testimonios de chilenos.
Los documentalistas, sean
de productoras o independientes, se caracterizan
por un alto grado de rigurosidad en las etapas
conceptuales y de ejecución, así
como de los recursos en que se apoyan para mostrar
una visión personal, pero que nos llevan
a planteamientos universales. El entusiasmo, por
otra parte, no ceja y ya están constituidos
en una potente asociación gremial.
El documental se afirma
en los pilares identitarios de Chile y es el género
de la chilenidad por excelencia. De la chilenidad
en el profundo sentido de la palabra. Todas las
obras son registros históricos que nos
ayudan a recuperar las huellas de la memoria y
nos presentan un espejo en el cual mirarnos. Sin
dejar de lado el sello artístico y estético
que los acompaña.
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