Después de cumplir su cometido en la expedición
libertadora del Perú, la escuadra chilena
recorrió toda la costa del Pacífico
en 1822. Los barcos no estaban bien. Algunos hacían
agua y tenían los mástiles podridos.
Aún así llegaron hasta California,
que era el límite norte del imperio español,
donde la presencia de nuestra incipiente marina
precipitó una curiosa declaración
de Independencia. También persiguieron a
las dos fragatas que eran los últimos restos
del poderío naval realista. De esa forma
se afianzó la emancipación de Sudamérica,
y en la costa pacífica la bandera española
sólo seguiría izada por unos años
más en la isla de Chiloé.
En la campaña libertadora
del Perú, las rivalidades entre el almirante
Cochrane y el general San Martín, quien
se había declarado Protector de ese país,
llegaron a hacerse insostenibles. Las generosas
ofertas de sueldos del gobierno peruano llevaron
a buena parte de la marinería a abandonar
la escuadra chilena. Finalmente, San Martín
dio órdenes perentorias a Cochrane de zarpar
de las costas peruanas. Fue entonces cuando el
almirante, aún con sus naves mal tripuladas,
decidió emprender una nueva campaña
para capturar a la fragatas españolas Prueba
y Venganza.