Desde
épocas coloniales, el sector
aledaño al río Mapocho
ha sido sucesiva y alegremente
poblado por el comercio de los
más diversos productos
de nuestra tierra. Hoy en día,
cuando un paseo por la Vega es
tan recomendable para el estómago
como para el bolsillo, vale la
pena revisar el origen de tan
caleidoscópica experiencia.
Texto: Andrea Torres Vergara /
Fotografías: Paula Fiamma
Revisa
el álbum
Por más de un siglo, la
Vega -cuya etimología remite
a la tierra llana y fértil-
ha permitido el comercio de una
gran variedad de productos vernáculos.
Puestos fijos de verduras y de
frutas, bodegas de papas, cebollas,
zapallos y tomates, junto a carnicerías,
chancherías y pescaderías,
así como almacenes, quioscos
y cantinas, han visto pasar generaciones
de familias locatarias, de trabajadores
ambulantes y de una fiel y siempre
creciente clientela.
Así también se mantiene
y se desborda la enorme oferta,
que va desde la materia prima
más específica a
los platos más codiciados
de la gastronomía nacional,
en numerosas y bullentes cocinerías
cuyos fuegos parecen no apagarse
nunca. Olores que se pican y colores
que se fríen, manos que
revuelven y bocas que sonríen
y que ofrecen el menú del
día, el plato estrella,
el sabor infalible, a precios
al alcance de todo bolsillo.
Desde muy temprano, es posible
degustar un caldo de pata, de
lengua o cerebro, o un completo
desayuno con té, marraqueta
y paila de huevo. A toda hora,
variopintos comensales se suceden
en la búsqueda y el aprovechamiento
de guatitas a la jardinera, porotos
con longaniza, pescado frito,
cazuela de vacuno, lomo a lo pobre,
empanadas, riñones al jerez
y ajiaco, por mencionar los ejemplos
más deleitosos. La lista
de preparaciones parece infinita
y cada nuevo día, en las
ollas de la Vega borbotea el sabor
de los ingredientes de nuestra
tierra.
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