| A
propósito de la postulación
del puerto como Patrimonio de la Humanidad
ante la Unesco, les entregamos este reportaje
escrito por Juan Chapple Clavijo, periodista
de la División de Cultura del MINEDUC,
en la revista Ciudadanía y Cultura,
Nº2. |
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| Paseo
por Valparaíso |

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Ciudades. Hablar de ciudad
es hablar de democracia. La ciudad es, en teoría,
el sitio democrático por excelencia, donde
se debería ejercitar la mezcla social y cultural;
más que espacio público, espacio donde
lo público crea consistencia, se plenifica,
se expande, y, por extensión, donde se le
da cuerpo a lo ciudadano. La ciudad asimismo, en
la lucha de esos términos, siempre conflictivos
en la transacción social, sobre todo en estos
tiempos del cólera, es también el
espacio de la memoria. Y cuando decimos memoria
no hacemos referencia a monumentos y edificios "vernaculares"
solamente, sino que a la puesta en cuerpo de la
ciudad, la puesta en oficio participativo de la
ciudadanía. Es dentro de este pensamiento
desde donde quisiéramos entender la postulación
de nuestras ciudades a convertirse en Patrimonio
de la Humanidad. Si los edificios van unidos a los
sueños que les dieron origen, si las calles
están vivas y no son únicamente pasajes
de tránsito en la estela comercial o confinadas
como vías de transporte, pero sí repasadas
por la imaginación ciudadana; si es el lenguaje,
la cultura, la historia y el futuro contenido, respetado
y proyectado desde esa historia el que se manifiesta
en identidades, entonces podríamos hablar
que un protocolo de aceptación o una postulación
como la de Valparaíso a ser Patrimonio de
la Humanidad tiene sentido o se trataría
de un mero rito de chauvinismo cultural para vender
una imagen país. Por eso, antes de medir
en el "ring" internacional si una ciudad
es un patrimonio de la humanidad, tendríamos
que medir, si esta ciudad es un verdadero sitio
en la memoria viva de su gente, de sus autoridades,
de un Estado y hasta de las empresas que en ese
espacio se desarrollan.
Dentro
de este escenario identitario, dentro de esta
fusión de pasado y futuro, más allá
de todas la cifras especulativas y comerciales
de un lugar, el caso de Valparaíso goza
de buena salud. Valpo, como ha quedado inscrita
la ciudad en el habla porteña, conserva
y potencia esos atributos, fruto de las inmigraciones,
fruto de su herencia y proyección portuaria,
y que en lo cultural traspasa la ligazón
comercial en el despliegue naviero; es la marca
inscrita en sus añosos edificios de herencia
extranjera y en esos otros, hijos de la sobrevivencia
e imaginación colorida de sus gentes, en
la geografía laberíntica en ascenso
hacia sus cerros, en su espectacular bahía,
y esa otra endemoniada geografía de cafés,
bares, pubs, prostíbulos; en esa sensualidad
de puerto caliente y cálido; en ese hálito
cultural e identitario que se puede encontrar
hasta en sus suicidas y en los habitantes que
bajan hacia "el plan", sin ningún
plan más que tomarse un buen trago y perderse
en las callejuelas de la conversación,
esto último, casi otro sinónimo
de hacer ciudad. Y es el conjunto de estos atributos,
potencias y desarrollos, es decir, historia, identidad,
conciencia ciudadana frente a su legado, sumado
a la gestión y a proyectos de desarrollo
para potenciar ese legado, el que se mide en primera
y última instancia para obtener la declaratoria
de un sitio como Valparaíso a Patrimonio
de la Humanidad. O, como señala Ángel
Cabeza, Secretario Ejecutivo del Consejo de Monumentos
Nacionales, el fin último de la postulación
de un bien o ciudad al patrimonio mundial no está
dado por la postulación sin más
o su posterior consecución, sino "que
es la conservación y puesta en valor del
patrimonio cultural tangible e intangible de la
ciudad" lo que estaría en juego.
- El Proceso
- Con o
sin declaratoria
- Sitios
nacionales que integran el patrimonio mundial
y lista tentativa
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