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Por esencia
el trabajo de los minuteros
o fotógrafos de cajón
debe realizarse en espacios
públicos para así
poder captar a la clientela
durante su paseo por la ciudad.
Ubicados en diversas plazas
a lo largo del país,
estos verdaderos gestores del
álbum familiar de miles
de personas que no tenían
acceso a una cámara fotográfica,
alcanzaron a formar un grupo
cercano a los 5 mil. Hoy se
estima que son menos de 30 en
todo el territorio los que trabajan
a la manera antigua, sin cámaras
polaroid.
Sus fotografías, reveladas
en las peores condiciones que
un fotógrafo profesional
quisiera, fueron creadas a plena
luz del día, en medio
del tráfico y barullo
de la plaza. Paradojalmente,
eran este tráfico y luz,
los elementos que debían
estar presentes para que el
retratista desarrollara su oficio
con éxito.
En los años de auge de
esta labor, las plazas eran
un espacio de congregación,
esparcimiento y encuentro de
la ciudadanía, que acudía
para llevar a cabo ritos, actos
cívicos, paseos dominicales
o citas amorosas en un escenario
que se les presentaba idílico
ante la sombra de los árboles;
el frescor y belleza de una
pileta; el engalanamiento de
monumentos y esculturas; el
descanso que ofrecían
las bancas o el pasto cultivado
en pequeñas superficies
haciendo dibujos en el plano;
los edificios públicos
levantados en las calles adyacentes
-entre los que generalmente
se encontraba una iglesia- y
los infaltables vendedores callejeros,
que tentaban al transeúnte
con flores, helados, dulces
u otros embelecos típicos
del lugar, como las sustancias
de Chillán o los pastelitos
de la Ligua.
Momentos íntimos y memorables
vividos en estos atractivos
lugares, en épocas menos
convulsionadas que las actuales,
quedaron inmortalizados en las
imágenes captadas por
los fotógrafos de cajón.
Gran parte de este patrimonio
visual es el que han rescatado
en galpones, tiendas de antigüedades
y ferias de las pulgas, los
coleccionistas Octavio Cornejo
y Julio Núñez,
quienes nos han abierto las
puertas para apreciar este valioso
material, testimonio de cómo
la comunidad se apropiaba y
disfrutaba de los espacios públicos
que ocupaban el corazón
de los pueblos y ciudades chilenas.
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