Pesebre
realizado por Juan Eugenio González
de Lo Prado, Región Metropolitana.
Hecho en madera tallada y pintada.
En exhibición durante
la 28 Muestra Internacional
de Artesanía Tradicional
del Parque Bustamante.
Una historia de 2 mil años en Chile (continuación)
Las
figuras de la Virgen, San José
y el niño se podían
confeccionar por las mismas familias
o se podían comprar en
las santerías. Dentro de
los animales se consignaban: un
burrito, un buey, ovejas, gallos,
gallinas y patos. También
se incluían las figuras
de los pastores y de los reyes
magos: Melchor, Gaspar y Baltazar.
Luego, esto fue cambiando de acuerdo al paisaje
y a las costumbres chilenas. Se incluyeron elementos
como el trigo dispuesto en fuentes de greda con
tierra mojada (como símbolo de abundancia),
canastos de mimbre con regalos como ciruelas secas,
avellanas castañas, nueces, almendras,
piñones y frutas de la nueva estación.
Cerca del Niño se comenzó a poner
juguetes tradicionales como trompos, emboques,
caballitos de madera, matracas, palitroques, carretillas,
zancos y runrunes. De alguna rama cercana, dispuesta
para asemejar el paisaje, a veces se colgaba ropita
del niño en pequeña escala. De la
misma manera, se colgaban chupallas y sombreritos.
A comienzos del siglo XIX en todas las iglesias,
parroquias y las casas de familias acomodadas
se hacía un pesebre. En estas últimas
se abrían las puertas al barrio para que
los vecinos pudieran adorar al Niño Jesús.
Los niños y los adultos pasaban frente
al pesebre dejando regalos, para así imitar
a los Reyes Magos. Las ofrendas podían
ser tortillas de rescoldo, huevos duros y otros
manjares.
Con el tiempo, a los pesebres se les agregaron
personajes populares como viejitas tomando mate,
animales de la fauna y el campo chileno hechos
en figuras de arcilla de Talagante, Quinchamali
o Pomaire. El ambiente se completaba con carretas
cargadas con fardos de paja o leña, y copihues
y banderas chilenas colgando de las ramas.
El disfrute del pesebre concitaba
a la gente hacia otras manifestaciones
populares, como el canto de los
villancicos (costumbre traída
desde España) o el canto
a lo divino. Dentro de este contexto,
no podía faltar la Misa
de Gallo, la que se efectuaba
a las 12 de la noche, el 24 de
diciembre. Así se configuró
una verdadera fiesta religiosa
que se arraigó en las tradiciones
chilenas.
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