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En el
libro patrocinado por la Corporación
Patrimonio Cultural de Chile,
Puño y Letra,
su ópera prima, el diseñador
y académico Eduardo Castillo
Espinoza revela la historia,
el contexto y el sentido de
una gráfica popular con
fines ideológicos que
se toma el espacio público
chileno, consolidando una identidad
local que es acervo del imaginario
colectivo.
Por Rosario Mena

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Investigador
y docente en historia del diseño,
Eduardo Castillo Espinoza, aborda
en su primer libro, Puño
y Letra: movimiento social y
comunicación gráfica
en Chile, un terreno poco
difundido: el de la propaganda
política. En una publicación
de lujo, patrocinada por la
Corporación Patrimonio
Cultural de Chile, abundantemente
ilustrada y documentada con
fotografías y basada
en una vasta investigación
bibliográfica y en terreno,
a través de entrevistas
con los principales actores,
el autor da cuenta de la confluencia
entre las luchas políticas
y sociales, la existencia de
especialistas tipógrafos,
pintores y letristas en los
sectores populares, la formación
de colectivos y su voluntad
de impactar en el espacio público.
Todo ello da por resultado una
manifestación propia,
de gran originalidad gráfica,
que alcanza su clímax
a fines de los 60 y principios
de los 70, con la incorporación
de artistas a este ámbito
como medio de expresión
política. Gran influencia
tiene en sus propuestas el referente
del muralismo mexicano. Una
estética que impregna
las publicaciones de la época:
los afiches y "posters"
tan en voga, las carátulas
de los discos del sello Dicap,
que edita buena parte de La
Nueva Canción Chilena,
por poner sólo algunos
ejemplos. Emblemáticas
son las brigadas Ramona Parra,
nacida de las Juventudes Comunistas
en 1968, y Elmo Catalán,
de las Juventudes Socialistas,
como exponentes de organizaciones
sociales que utilizan la gráfica
callejera como arma de lucha.
"Movimientos que ocuparon
el espacio público con
sus consignas y luego con sus
imágenes", aclara
Castillo.
El antecedente histórico
se halla en la importancia de
los obreros tipógrafos
y otros trabajadores de imprenta
dentro del artesanado desde
el comienzo de la República,
que Castillo relata en la primera
parte del libro. Estos artesanos,
que ocupaban "una posición
privilegiada frente a la información,
el pensamiento, las innovaciones
tecnológicas", tempranamente
asumieron su rol de "obreros
ilustrados", cuya misión
era la difusión de las
ideas en función de la
organización popular,
que debía servir tanto
a las demandas laborales como
a la ayuda social, la formación
y la lucha política para
el logro de una mayor libertad
y calidad de vida. "Más
que nada esta es una historia
de los medios gráficos
alternativos de comunicación
y el protagonismo que estos
adquieren en el país
en el siglo XX, en la ocupación
del espacio público y
en los lenguajes de los medios
gráficos tradicionales",
explica el autor.
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