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Cuando hubo que ponerle nombre
al taller de cerámica,
que funciona en la parte de
atrás de la casa de Ruth
Krauskopf, no se dudó
en escoger el de la tranquila
calle donde está situado:
Huara Huara; palabra aymara
que significa "estrella".
Un término que se asocia,
fácilmente, a la energía,
entusiasmo y vitalidad que irradia
su gestora, producto de la pasión
con que aborda su vocación
artística y formativa,
la cual impacta fuertemente
a quienes entran en su círculo.
"Todos los que venimos
aquí salimos bien; con
el espíritu elevado",
cuenta la poeta y artista Andrea
Arrivillaga. "Yo no soy
artista. Es mi fascinación
por Ruth lo que me ha vinculado
a Haura-Huara", confiesa
la periodista Alejandra Mancilla.
"Es que este taller no
es una academia donde se imparten
clases, sino que es un verdadero
colectivo. Se ha formado una
dinámica nutritiva, de
solidaridad, donde se combina
la amistad con el deseo de superación
personal", aclara su fundadora.
Ruth Krauskopf se formó
en la Universidad de Chile,
donde fue discípula de
Luis Mandioca y, posteriormente,
en Berkeley, como alumna de
uno de los principales ceramistas
del siglo XX: Peter Voulkos.
Al volver a Chile, empezó
a dar clases en su casa, pero
el éxito de su convocatoria
la obligó a ampliarse,
instalando un importante taller
en el jardín. Hoy, son
numerosos los artistas que cada
semana, religiosamente, acuden
a explorar las infinitas posibilidades
del barro y la cocción.
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