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Son muy pocos
los que saben su nombre de pila. A Eduardo
Armijo todos lo conocen como el Maestro
Nene. No es necesario tener su dirección
para ubicarlo en El Monte, donde el compositor
de
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huesos es un personaje
fundamental de la comunidad. Por herencia de su
abuelo y encomendándose a los santos locales,
este hombre criado en las faenas del campo, que
arrastra con un par de bastones las secuelas de
la poliomelitis, repara torcedoras y esguinces
y devuelve la fe a los desencantados sin pedir
nada a cambio. Su recompensa son la paz y la alegria
que, a todas luces, reinan en su humilde vivienda.
Por Rosario Mena
Al igual que su abuelo y como
éste lo profetizara, Eduardo Armijo, tras
dejar las siembras y cosechas, se dedicó
a reparar los zapatos de los habitantes de El
Monte, siendo el equipo de fútbol del pueblo
su principal cliente. "Yo de muy chico pasaba
mirando todo lo que hacía mi abuelo. Y
cuando le decían: saca al nene de ahí,
que está molestando, él respondia
: no está molestando, está aprendiendo".
Pero la herencia fue más lejos y tras la
muerte de su ancestro, el Maestro Nene, que mantuvo
de por vida la infantil nominación, adoptó
también el segundo oficio del abuelo: el
de compositor de huesos. Desde entonces recibe
a gran cantidad de pacientes de distintos lugares
cuyas piernas, brazos, manos y costillas tantea
con las yemas de los dedos para propinar el apretón
preciso que devuelva el hueso a su lugar. No sin
antes encomendarse a San Francisco, patrono de
El Monte y al Niño de Malloco, un santo
popular de la localidad vecina cuya leyenda, con
más de un siglo de antigüedad, señala
que se trataría de un bebé abandonado
en el patio de una pequeña capilla que
murió tempranamente convirtiéndose
en figura de culto milagrosa.
"Soy amigo del cura de Malloco, yo iba allá
a ver al niño y lo fui conociendo. Y me
decía: pero si en El Monte está
San Francisco. Si, le decía yo, pero yo
voy un domingo a San Francisco y otro al niño.
Tienes fe, me decía". La virgen de
Fátima es otra de sus devociones: "Yo
le pedí dos hijos hombres primero y después
dos mujeres. Y así me los dio. Despues
tuve una hija muy enferma. Ya no sabíamos
qué hacer con ella. La hospitalizamos en
Santiago, hicimos todo. La llevamos a varios especialistas.
La virgen me dijo el nombre del doctor donde tenía
que llevarla. La llevamos y él la curó".
Conservar las tradiciones del campo es una de
las grandes motivaciones del Maestro, que cultiva
dotes de payador y no espera que se lo pidan para
lanzarse a hilar versos. "Soy compositor
de huesos y de payas", declara con orgullo.
Los recuerdos de su infancia campestre aún
lo reconfortan. "Cuando cosechábamos
las papas teníamos que pasar la noche para
cuidarlas. Entonces hacíamos un fuego ahí
mismo y asábamos zapallos, papas, cebollas
y ahí comíamos. Era bonito",
recuerda con satisfaccion. Transmitir el oficio
de compositor a alguno de sus nietos es una misión
que ya se está cumpliendo. "Mi abuelo
me dijo: alguno de tus nietos se va a interesar
y también va a ser compositor. Y ya hay
uno chiquitito que anda siempre mirándome.
El va a ser".
Sin descalificar el conocimiento
de los médicos, el Maestro ofrece su ayuda
a quien lo solicite "lo que pasa es que los
médicos enyesan. Ellos tienen sus estudios
y sus técnicas. Cuando hay quebradura,
no queda otra. Pero cuando hay torceduras, esguinces,
incluso varios médicos me han mandado pacientes".
Basándose en su genuina sabiduría,
y siguiendo el consejo de su abuelo, el Maestro
no necesita cobrar por su trabajo. La buena voluntad
y la eterna gratitud son recompensas mayores,
que le garantizan una vida feliz y sin necesidades,
sustentada en la solidaridad comunitaria e iluminada
por la fe. "Yo me siento feliz si puedo ayudar.
De una y otra manera la gente responde y gracias
a Dios vivimos tranquilos. Nunca nos ha faltado
nada".
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