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Un pequeño e inofensivo
caserío apenas cercado
por mallas de alambre, en medio
de la pradera subtropical de
Rapa Nui, es la cárcel
de la isla, donde los reclusos
fabrican y venden, a bajo precio,
la artesanía tradicional
que muchas veces es revendida
en los locales de Hanga Roa.
Fuentes y figuras de madera,
anillos, collares, reproducciones
de moais en piedra, entre otras
piezas, que no destacan por
la fineza de sus terminaciones,
componen la oferta, que incluye
la posibilidad de mandar a hacer
un ukelele (guitarra tradicional
polinésica) a uno de
los presos experto en su fabricación.
Entre los maestros, que enseñan
el oficio artesanal a los nuevos
internos, está Alberto,
condenado a 14 años por
el asesinato de su esposa. Un
crimen pasional, cuya responsabilidad,
después de 6 años,
aún no asume. Si le preguntan
el motivo de su encierro dice:
"Me hice viudo solo",
al tiempo que repite: "Yo
no he hecho nada, fue mi mano".
Incluso justifica: "Fue
ella la que me hizo reaccionar,
sabiendo cómo es mi carácter".
Aún le quedan 8 años,
pero Alberto no pierde las esperanzas
del indulto presidencial que
solicitó y cuya respuesta
espera para el mes de enero.
No sólo sus hijos, sino
también los parientes
de la mujer que mató,
lo vienen a ver a la cárcel,
cosa que concuerda con la mentalidad
de la sociedad Rapa Nui respecto
de la violencia, los conflictos
humanos y la solidez de la filiación
familiar, y determina un modo
particular de zanjar los problemas
y reconstruir los lazos de parentesco
sin mayor complicación.
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