Lautaro Núñez, durante un viaje al interior de Iquique, organizado por la Corporación Patrimonio Cultural de Chile, el año 2000.
Padre le Paige.
 
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Sergio Larraín Echeñique, fotógrafo.
Patricia Chavarría, investigadora.
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Noviembre 2008
Lautaro Núñez, Premio Nacional de Historia 2002:
“Si las regiones no toman las riendas de su patrimonio cultural, el descalabro es a corto plazo” (continuación)

 

El invitado del Padre Le Paige

Nada de lujos esperaba al nuevo huésped del sacerdote, que debió alojar tres meses en una carpa en el patio de la casa parroquial. “Como buen jesuita, el padre me sometió a prueba, para ver cuánto aguantaba”. Pasado este período le hizo el extraño ofrecimiento de construirle una “celda”, ante lo cual el allegado reaccionó con extrañeza. “Pero no era un calabozo, sino una celda en el sentido religioso”, aclara Núñez. Un departamento en el Museo que resultó más frío y menos acogedor que la carpa. Un proyecto de investigación, ofrecido por la Smithsonian Institution, le permitió pronto contar con recursos y alquilar una pieza, durante un año, en el hotel Licancabur, el único existente en esos tiempos en el hoy súper equipado destino turístico.

Tras un viaje del nuevo rector de la Universidad a Estados Unidos en busca de convenios, recibió múltiples referencias sobre Núñez, siendo éste contratado en 1975. “El rector me llamó y me dijo que debido a mis méritos académicos, él había aceptado mi incorporación a la Universidad Católica del Norte (UCN), poniendo por mí su palabra de caballero y de militar. Él es mi amigo y de vez en cuando nos llamamos”.

Cofundador del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo de la UCN en San Pedro de Atacama, junto con su colega Agustín Llagostera, le dieron continuidad a la obra del Padre le Paige. Lo cierto es que Núñez recogió del investigador jesuita aspectos fundamentales de su trabajo, pero también adoptó enfoques distintos y superó los conocimientos con un mayor énfasis científico-técnico. “El Padre tuvo una gentileza muy grande, me llevó a todos los sitios que él había descubierto. Me dijo: usted tiene que ir a terreno, no sólo revisar las colecciones. Y me interesó especialmente el sur de San Pedro. Yo le debo a él haberme llevado a la quebrada de Tulán, donde fui el primero en investigar y donde continúo trabajando hasta hoy”. El principal valor de este sitio es que en él se puede encontrar una secuencia completa de las poblaciones que vivieron en el área hace diez mil años, y se comprueba la intuición de Le Paige de que la civilización atacameña era muy antigua como complejidad cultural, política y económica.

“Hemos comprobado en la quebrada de Tulán que las sociedades complejas atacameñas comenzaron mil quinientos años antes de Cristo. Ahora estamos excavando un templete, algo muy sofisticado, que nunca nos imaginamos que existía en Chile. Es una arquitectura sólo para rituales, una estructura dedicada a ceremonias con fogones y fosos, como los más grandes templos de las tierras altas andinas. En las paredes hay petroglifos y en su interior se procedía a comidas rituales”.
 
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