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De distintas personas
del Valle del Elqui,
Lucila aprende los
nombres de las plantas
y animales de la
zona. Le interesan
la botánica,
la biología,
la geografía
y la astronomía,
los cuentos, las
leyendas y las costumbres
locales. Y ese vínculo
con la tierra es
un elemento fundamental
de su formación,
que ella valoriza
al punto de señalar
que, de volver a
nacer, elegiría
el mismo lugar "por
conservar los sentidos
vívidos y
hábiles siquiera
hasta los doce años
y saber distinguir
los lugares por
los aromas; por
conocer uno a uno
los semblantes de
las estaciones:
por estimar las
ocupaciones esenciales
(...) de los hombres:
el regar, el vendimiar,
el ordeñar,
el trasquilar".
El aislamiento en
la vida rural, determinan
también,
en parte, el desarrollo
autodidacta y la
vocación
de servicio en comunidades
donde hay gran necesidad
y pocos recursos.
A los 13 años,
Lucila escribe sus
primeros versos
y ya no vuelve a
ser matriculada
en la Escuela de
La Unión,
pueblito actualmente
denominado Pisco,
donde transcurre
su infancia. Al
poco tiempo, y sin
haber pasado por
la Escuela Normal,
comienza trabajar
como profesora en
la escuela del pueblo
de La Compañía
Baja, cerca de La
Serena; lo que marcará
el inicio de una
vocación
irrenunciable profundamente
ligada al sentido
maternal, tal como
ella escribe: "Dame
el amor único
de mi escuela
Dame el ser más
madre que las madres,
para poder amar
y defender como
ellas lo que no
es carne de mis
carnes". Mientras
enseña a
los niños
de día, en
la noche alfabetiza
a peones y obreros.
En La Serena y Coquimbo,
Gabriela Mistral
conoce a varias
personas que le
abren las puertas
en su formación
literaria. Fundamental
es el periodista
Bernardo Ossandón,
quien le permite
el libre acceso
a su biblioteca,
donde la futura
Premio Nobel, se
acerca a autores
que serán
un referente de
por vida, como los
novelistas rusos,
el poeta Federico
Mistral y el pensador
francés Michel
de Montaigne.
Es en el diario
El Coquimbo donde
aparece su primera
publicación,
el cuento La muerte
del poeta, que firma
con su nombre verdadero:
Lucila Godoy Alcayaga.
Siendo aún
adolescente escribe
en el periódico
La Voz del Elqui,
utilizando diversos
seudónimos,
entre ellas el de
Gabriela Mistral,
para firmar sus
colaboraciones,
en las que cuestiona
la condición
de la mujer, con
opiniones consideradas
tan revolucionarias
e impropias de una
profesora de niños,
que le impiden su
ingreso a la Escuela
Normal de la Serena,
donde intenta matricularse
para formarse como
pedagoga.
Con sus luces y
sus sombras, la
tierra natal de
Gabriela, antes
de su mayoría
de edad, ya le había
dado forma a la
figura de la poetisa,
trazando los ejes
que atravesarían
toda su vida y su
creación:
el amor por la tierra,
la lucha por la
justicia, el sentido
de la maternidad,
la pasión
por la educación
y la poesía,
y el rupturismo
frente a los cánones
establecidos por
la sociedad.
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