La destacada galerista Carmen
Waugh, así como el
jurista José Zalaquett,
quien, según Susana
“es el coleccionista
de arte más interesado
en los artistas” que
ella conozca, son algunos
de los nombres que la gestora
imagina podrían presentar
a sus artistas favoritos.
“Fue difícil
no sólo elegir a
los 12 artistas -cuenta
Sommer- sino también
elegir las obras más
significativas de cada uno,
según mi punto de
vista, lo mejor de cada
cual. En general se consiguió
todo el material. Incluso
registros de instalaciones
en distintos lugares, como
es el caso de las dos instalaciones
de Gonzalo Díaz -una en el Bellas Artes y
la otra en Matucana 100-
y las de Lotty Rosenfeld.
También las pinturas
de María Mohor, cuya
obra prácticamente
no existe en colecciones,
porque no vendió.
Pero yo pude elegir las
obras personalmente en la
Fundación María Mohor,
que está en la casa
de la familia en Ñuñoa, independiente de que la obra
principal pertenece a un
particular. Se realizaron
fotos y se recuperaron registros e incluso algunos artistas entregaron
el material ellos mismos,
como es el caso de Eugenio
Dittborn".
Para Waldemar Sommer, sin
embargo, lo más difícil
del proyecto fue su orientación
hacia un público
masivo: “Es muy complicado
para un crítico de
arte explicar lo que a uno
le gusta y por qué
a un lector sin ninguna
formación artística. Uno tiene
que usar un lenguaje muy
banal. Haciendo ese esfuerzo
se hizo lo mejor posible”.
Un desafío que, asegura,
es mayor al que plantea
el lector del suplemento
cultural del domingo: “El
lector de Artes y Letras
es un lector que tiene una
pequeña formación,
gente que ha pasado por
la universidad”, y
que aceptó convencido
de que “todo lo que
se haga por difundir el
arte chileno, que es muy
bueno, es importante. No
sabemos los chilenos lo
que tenemos”.
Respecto al desconocimiento
de nuestro patrimonio contemporáneo,
Sommer señala que
“las artes visuales
chilenas de los últimos
30 años tienen una
importancia que nunca habían
tenido y compiten tranquilamente
con todo el arte internacional.
En Chile no tenemos difusores
internacionales de arte”.
En cuanto a la falta de
información de nuestro
público, el crítico
apunta que “es un
problema educacional. A
los niños se les
debiera enseñar algo
de arte en los colegios.
Es una cosa que urge. Es
como un idioma que para
aprenderlo tienes que tener
un fundamento. Lo notable
es que el niño chileno
de la enseñanza pública
o privada tiene una gran
capacidad de entender el
arte. Está todo por
hacer en la enseñanza
básica y media”.
Las preguntas de Waissbluth,
en todo caso, iluminaron
temas y enriquecieron el
discurso: “Surgieron
muchas ideas que yo no tenía
contempladas, gracias a
que me tocó una entrevistadora
muy aguda, que tiene conocimientos
de arte y que a uno le permite
desarrollar una serie de
asociaciones que van apareciendo
en el momento mismo de la
entrevista”, explica
Sommer.