Hasta finales de Junio
permanece abierta en el Museo Nacional de Historia
Natural, en la Quinta Normal de Santiago, la exposición
Chinchorro: Creencias, Crisis y Cambios, sobre esta
cultura precolombina que habitó el norte
chileno desde hace más de 8000 años
y durante cuatro milenios. Entre los objetos arqueológicos
que componen la muestra se cuentan dos réplicas
de momias guardadas en el Museo San Miguel de Azapa,
testimonios de una sofisticada tradición
mortuoria.
La muestra abierta en el Museo Nacional de Historia
Natural, con la colaboración de la Universidad
de Tarapacá y el Museo San Miguel de Azapa,
ofrece al público la oportunidad de conocer
a los chinchorro, una población prehistórica
de nuestro territorio de reconocida importancia
arqueológica internacional, debido, principalmente,
al valor y antigüedad de sus momias. "Chinchorro:
creencias, crisis y cambios" expone a través
de objetos y paneles informativos el desarrollo
de esta cultura que se extendió desde el
sur de Perú hasta la región de Antofagasta,
entre el 6000 y el 2000 a.C, destacando por sus
rituales mortuorios y la momificación de
los cuerpos. Deformaciones craneanas intencionales,
peinados y tocados forman parte de una compleja
tradición de intervención estética
del cuerpo con fines simbólicos.
Entre las piezas presentadas se cuentan, además
de instrumentos de pesca, vestuarios y accesorios,
dos réplicas de momias cuyos originales,
debido a su costosa conservación, se encuentran
en un estado de máxima fragilidad que las
coloca al borde de su desintegración. Ancestrales
testimonios de una compleja técnica, excepcional
en América, que los chinchorro desarrollaron
3000 años antes que en Egipto. La datación
más antigua de una momia chinchorro, obtenida
con el método del radiocarbono, es de 5050
a.C. y corresponde al cuerpo de un joven hallado
en un yacimiento del valle de Camarones, epicentro
cultural de esta práctica.
Con el fin de preparar el cuerpo para otra vida,
los chinchorro llevaban a cabo una sofisticada creación
que implicaba la completa desarticulación
del cuerpo para su posterior reensamblaje. Se distinguen
tres tipos de momias elaboradas por los pescadores
chinchorro en distintas etapas. Las más antiguas
y de mayor complejidad son las momias negras (5.000-3.000
a.C.) cuyos cuerpos se ensamblan como una estatua
rígida, con una estructura interna confeccionada
con palos, cuerdas de totora y pasta de ceniza.
A menudo, la piel era reemplazada con piel de lobo
marino cuando la propia era insuficiente. Finalmente,
los preparadores fúnebres pintaban el cuerpo
con una pasta negra de manganeso.
Las rojas (2.500-2.000 a.C.) conllevan una menor
destrucción del cuerpo, removiendo los
órganos a través de cortes y extendiendo
maderos bajo la piel para darle rigidez. Luego,
las cavidades eran rellenadas con tierra, plumas
y arcilla. También se añadía
una peluca de pelo humano, que se aseguraba con
un casquete de arcilla. Después de cerrar
las incisiones, el cuerpo era cubierto con ocre
rojo y, frecuentemente, la cara era pintada de
negro. Finalmente, están las momias de
barro, en el periodo siguiente, cuando las técnicas
se simplifican al máximo y el cuerpo simplemente
es cubierto con una pátina de barro destinada
a prevenir su descomposición.
Además de artistas de la muerte, los chinchorro
fueron excepcionales artistas de la pesca, para
la cual desarrollaron un extenso surtido de elaborados
artículos. Anzuelos de espinas de cactus
o de nácar que al brillar bajo el agua
actúan también como señuelos,
y redecillas de totora muy similares a las actuales
usadas por los mariscadores, son parte de esta
tecnología. Por los fragmentos de hueso
hallados en vertederos se sabe que los chinchorro
no sólo se alimentaban de pescados y mariscos,
sino que también cazaban guanacos y venados.
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