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Gracias a su adquisición
por un matrimonio de Puerto Montt y con el apoyo
de la Corporación Patrimonio Cultural de
Chile, el Café Torres seguirá proyectando
su centenaria tradición cultural y culinaria.
Una restauración que recupera el apogeo
del 1900, nuevo impulso a la gastronomía
y dos estacionamientos para los clientes apuntan
a devolverle su prestigio y su éxito de
público.
Esta semana abrió
nuevamente sus puertas el Café Torres,
ubicado en la planta baja del Palacio Iñiguez
en la Alameda. El emblemático salón
fue vendido por sus dueños a un matrimonio
de Puerto Montt con tradición familiar
de empresarios gastronómicos. De esta forma,
se evitó que su antigua barra, su legendario
reloj, sus sillas y sus adornos fueran repartidos
entre distintos compradores. En definitiva, se
evitó el desaparecimiento de este local
tan representativo de la historia de Santiago,
en donde nació el Barros Jarpa, el Barros
Luco y el Cola de Mono.
La remodelación devolverá al Torres
el ambiente de su apogeo, cuando fue escogido
en 1910 para ofrecer el banquete del Centenario
de la República al cuerpo diplomático.
Piso de madera, baldosas que aún se fabrican
en la calle Santa Rosa, vajilla del 900, grandes
sillones de cuero y la barra estilo Art Decó
de roble americano y lingue con pisaderas de bronce
son los elementos principales que evocarán
el espíritu original y recuperarán
la nobleza del lugar.
Con el objetivo de devolverle su prestigio gastronómico
y, con la ayuda de varios entendidos que han querido
colaborar, se rescataron recetas históricas
de una cocina chilena tradicional y refinada,
con detalles como el pan hecho en los hornos propios.
Dentro de la carta destacan el filete al cilantro,
el arroz chilote, el congrio con salsa de picoroco
y el solomillo de cerdo. El consumo promedio es
de $ 13.000, incluyendo el vino. De lunes a viernes
se ofrece un menú ejecutivo por $5.800.
Además, los jueves, viernes y sábado
se interpretarán tangos, boleros y zarzuelas.
El calendario de actividades culturales promete
ofrecer nuevamente el cálido ambiente que
otrora animara las reuniones de poetas como Huidobro,
políticos como Arturo Alessandri Palma,
cronistas como Joaquín Edwards Bello, por
nombrar sólo a algunos de los hombres notables
que en sus mesas, dibujaron nuestra historia y
nuestra cultura.
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