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Educación Patrimonial
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Armando Uribe
El valor de la gratuidad (continuación)

 

Maestros a mal traer

"(…) En un estudio hecho en Francia a partir de niños deprivados socialmente, pero que habían logrado salir adelante, se llegó a la conclusión que dos factores determinantes fueron haber tenido una cierta estabilidad familiar y un profesor que en algún momento confió en ellos. Lo segundo es totalmente fundamental y es posible que se realice. Ahora, las dificultades de tener o no familia armónica es un problema mucho más complejo. La ideología de que hablábamos lleva a las separaciones, a la disolución de la familia, es una mala palabra hablar de familia frente a la libertad del cuerpo y otras cosas que se sostienen como valores máximos, pero menores que el lucro, porque el lucro sigue siendo el mayor y no dejará de serlo hasta que no desaparezca este neoliberalismo capitalista de mercado. Pues bien, las familias que podrían ser estables han disminuido enormemente y a quienes insistimos en la importancia de la familia nos consideran reaccionarios, arcaicos, ridículos".

- ¿Le parece que los profesores de ahora tienen menos mística?

- No tienen mística, prácticamente, son muy pocos…

- Tal vez porque el mercado los ha catalogado como ciudadanos de segunda, como poco productivos.

- Exactamente. La frase metafórica de Adam Smith resulta adecuada: "La mano invisible". Dentro de esta ceguera del mercado las ocupaciones nobles como es formar a niños, adolescentes y jóvenes, o el escribir o procurar el logro de obras de arte -salvo si entran al mercado los libros en cuanto a best seller y las obras de arte en cuanto mercadería que se vende y se compra-, ya no interesa. La tradición de la noble actividad creadora de las artes y las letras ha sido primordialmente desinteresada. Cuando Simónides, un gran poeta griego del siglo V o VI antes de Cristo, muy buen poeta, comenzó a cobrar por sus poemas y a hacerlos por encargo, los demás poetas de su época lo atacaron. Ahora lo malo es no ganar plata.

- Antes los profesores por lo menos tenían la dignidad…

- La dignidad se reconocía, en cambio ahora se desconoce la dignidad y la nobleza. Como ahora la dignidad laboral parece estar en la plata, el profesor se encuentra en una situación complicada. (…) Imposible casi, porque para las necesidades, incluida la de cultivarse a sí mismos, resulta que no existen los medios financieros o les son negados por esta sociedad dedicada al lucro y que rechaza lo desinteresado, rechaza a aquellos a los que por temperamento, herencia cultural o por otras maneras desdeñan el lucro. Como yo provengo de una familia cuya tradición cultural y el ejemplo de padres, abuelos, bisabuelos, etc., es justamente esta actitud de desdén hacia la plata, entiendo muy bien que hay que estar dispuesto a los ascetismos que provoca el no disponer de muchos bienes.

- ¿Recuerda de su infancia o primera juventud hechos educativos que hayan sido significativos para usted, experiencias que sienta que lo marcaron?

- Sí, hay sobretodo dos, en mi período de adolescencia, entre los 14 y los 17 años, cuando en los últimos años de colegio tuvimos dos profesores que ya lo eran de la universidad pero hacían sus últimos años de colegio. Eran Mario Góngora, de Historia; y Roque Esteban Scarpa, el escritor, de Castellano. Esas experiencias de profesores, que aunque no me gusta la palabra maestro, creo que merecen que se llamen así, entendían, aceptaban y daban lo cultural de sus alumnos. En ese sentido soy deudor de ellos y en vida lo fui marcadamente. He tratado de compensar esa deuda siguiendo precisamente las lecciones que ellos me dieron moralmente, no sólo intelectualmente, y por eso que sigo haciendo cosas desinteresadas y gratuitas.

 
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