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Cantautores: mensaje
amplio
Cronológicamente, el más inmediato
antecedente de la Nueva Canción fue el
neofolclore de gente como Las Cuatro Brujas y
Los Cuatro Cuartos; cantores del barrio alto que
sofisticaron la temática e imagen de la
canción chilena, pero sin el compromiso
social que luego se cimentaría. El neofolclore
fue importante en cuanto alejó a la composición
local de los tópicos costumbristas (el
arroyo, la pollerita, la cordillera) que hasta
entonces nutría los versos más tradicionales
de Francisco Flores del Campo o Clara Solovera,
por ejemplo; aunque perpetuando un modelo patronal
que los nuevos compositores querían evitar
a toda costa.
Pero fue una disidencia definida de modo paulatino.
Con sus respectivas "Paloma quiero contarte"
o "Canción de amor", Víctor
Jara o Angel Parra no buscaban necesariamente
transmitir ideas políticas. Por colectivo
que pareciera su mensaje, la búsqueda de
una perspectiva de autor fue clave para los nuevos
compositores, quienes se valoraban a sí
mismos como artistas de mucha mayor sensibilidad
que el cantante popular arquetípico de
rankings y portadas de revistas. Muchos de los
grandes nombres del género (Víctor
Jara, Patricio Manns, Rolando Alarcón)
compartían habilidades en más de
una disciplina, y todos se interesaban activamente
en la poesía y el teatro; nutriendo también
a su trabajo de esa inquietud.
No es raro, por lo tanto, que en su catálogo
se alternen vehementes canciones de protesta con
sentidas declaraciones de amor y que hasta haya
espacio para místicas reflexiones en torno
a la fe. Por eso, muchos prefieren calificar los
trabajos de este período como canciones
"comprometidas" más que "militantes".
Hay rasgos inconfundibles de identidad en la sensibilidad
urbana de Payo Grondona, la ternura de Isabel
Parra, la conciencia histórica de Rolando
Alarcón y la mirada campesina de Quelentaro.
Entonces, sería injusto reducir la Nueva
Canción Chilena a un mero panfleto, pese
a que sus cultores cargaron las tintas de la denuncia
de modo significativo a medida que avanzaban sus
respectivas carreras (y, por supuesto, se enrarecía
el clima político del país). Al
respecto, los ejemplos más emblemáticos
se encontrarán siempre en Quilapayún,
el grupo que grabó los dos más importantes
himnos de la Unidad Popular: "Venceremos"
y "El pueblo unido" de Sergio Ortega.
Otra buena muestra del compromiso político
es "Canto al programa" (1970) la cantata
de Luis Advis y Sergio Ortega registrada por Inti
Illimani en apoyo al plan de gobierno de Salvador
Allende.
La profunda labor de investigación que
estos artistas realizaron en torno a las raíces
folclóricas permitió introducir
en la composición local ritmos e instrumentos
hasta entonces inauditos. Comenzaron a usarse
con frecuencia instrumentos de cuerda como el
charango y el cuatro; de viento, como la quena
y el triple, además de una mayor cantidad
de percusiones. Del mismo modo se integraron géneros
folclóricos hasta entonces exiliados de
lo popular; tanto de la provincia chilena (lo
chilote y andino, principalmente), como importados
desde Bolivia (huayno), Venezuela (joropo), Argentina
(tango, baguala), Perú (el vals peruano)
y Cuba (son y guaracha). En tal sentido es señero
el trabajo de Quilapayún e Inti-Illimani,
las dos agrupaciones que llevaron más lejos
este afán latinoamericanista.
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